KARL
WEIDMANN
60 años fotografiando a Venezuela
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Cuando llegué a Venezuela tenía tanta hambre que compré la pera más grande y verde que jamás había visto, pero no pude comerla pues se trataba de un aguacate y luego intenté con una banana gigante que tampoco pude comer pues resultó ser un plátano”. Así recuerda su llegada a Venezuela Kart Weidmann, un destacado fotógrafo nacido en Suiza que hizo de esta su tierra desde 1946 y hoy, a sus ochenta años comparte los relatos de un trotaselvas, como el mismo se autodefine. Su envidiable obra compuesta por una galería de más de 30 mil fotografías recogen un legado de las visiones más grandiosas de nuestra naturaleza. Títulos como Fascinante Venezuela, La Gran Sabana, Venezuela Tierra del Tepui, Tierra yanomami, Fauna de Venezuela, Visiones del Zulia, Páramos de Venezuela y su más reciente obra: Altos del Orinoco, recogen lo más exquisito de sus viajes por estas tierras de gracia en donde la candidez del venezolano ha sido su principal tesoro.
Un comics despierta su interés por la
selva
Su sueño tuvo miles de tropiezos. Su deseo era conocer África, sin embargo en migración le preguntaron si era rico para ir de turista, dijo que tenía dinero pero no era rico, explicación que bastó para que lo hicieran a un lado. “Tomé el atlas del mundo y dije si no puedo ir a África iré a Brasil, conoceré Amazonas. En la embajada me preguntaron si tenía carta de trabajo y por supuesto no tenía. Volvía a tomar el atlas y vi que podía llegar por la puerta de atrás de la selva amazónica si tomaba cualquiera de estos países: Venezuela, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y envié carta a cada una de las embajadas. La de Venezuela me contestó y sólo me pidió tener una cuenta. Como no me dieron monto la abrí con 800 francos en el banco Industrial, recibí mi visa y pude comprar el pasaje y me embarque en mi primera aventura.” Viaje en barco de lujo, con bar y piscina No había opciones para buscar un barco que no fuera el de lujo pues era el único que saldría en mucho tiempo. “El lujo consistió en una habitación compartida con 180 personas, el bar era un comedor de tres turnos por comida porque no se daba a basto y la piscina era un bote inflable que fue colocado en la cubierta y una vez en altamar lo llenaron para que nos bañáramos. Todo un lujo el viaje.” Así transcurrió el largo viaje de Weidmann a este país, sin muchos amigos porque sólo un cocinero dominaba el alemán.· Tras su llegada a Puerto Cabello gran cantidad de autobuses se encargaron de trasladar a estos inmigrantes a Caracas donde fueron colocados en casas de alquiler durante una semana tiempo después del cual debían buscar cómo subsistir. Cinco días después ya estaba recorriendo el Ávila y diez días después estaba en el Lago de Valencia. El dinero siempre es el dolor de cabeza de todo aventurero y Weidmann no era la excepción, tuvo que trabajar durante un año con un paisano que le enseñó el arte de la carpintería, oficio que desempeñó en Los Teques, donde aún reside junto a su esposa Gisela en una vivienda diseñada y construida por él mismo. Ese trabajo le permitiría realizar sus primeras aventuras. Un año de trabajo y la aventura comienza
Hasta la actualidad Weidmann considera al faltboot su transporte favorito para atravesar los caudalosos ríos de la geografía venezolana. El lago de Valencia fue el primer espacio en el que se estrenó su faltboot y a partir de entonces se inicio una gran aventura que aún hoy continúa y que volverá a vivir en su próxima vida tal como el mismo lo afirma. Observando películas documentales de la época consideró la posibilidad de hacerlas, y mucho mejor que lo que había visto y fue así como nuevamente hace un alto en sus aventuras para conseguir los recursos económicos necesarios para un equipo de filmación. Unos años más de trabajo en un aserradero en Barinas y se despide de sus compañeros afirmando que se va a la selva a hacer películas. “Anda sí vuélvete loco, tú haciendo películas”, así lo despidieron sin imaginar que mientras Weidmann cosechaba poco a poco sus primeros éxitos, el aserradero cerraba. Sin experiencia, ni cámara pero con unas enormes ganas decidió en solitario hacer películas documentales de la variada geografía y fauna venezolana que le merecieron reconocimientos por su labor conservacionista. La primera película documental le mereció el primer premio en un concurso de su género realizado en 1956 lo que estimuló mucho más su deseo de seguir. “Si había podido ganar el primer premio con un material poco trabajado yo sabía que podía hacer otros mucho mejores”, lo cual fue cierto. Charlas-documentales para vivir Nuestro trotaselvas consiguió la manera de conjugar el placer de conocer las selvas amazónicas, los llanos y los andes y a la vez proveerse del dinero mínimo necesario para vivir y seguir recorriendo nuestra geografía. Weidmann recuerda con nostalgia su mejor temporada: “En un mes tuve cerca de 43 presentaciones, creí que me quedaría sin voz porque eran hasta cuatro presentaciones en un mismo día y cada uno exigía hora y media de comentarios pues mis películas no tenían voz. Mi mejor público era el de Zulia y Caracas donde realmente esperaban mis trabajos”. Esta labor lo llevó a las ciudades y modestamente día a día se incrementaba su público hasta la llegada del Betamax, lo que sin duda motivó el retiro de su labor en esta área. Pero las charlas documentales además de ingresos le permitió a Weidmann conocer a su esposa, así como al monumento natural que más le agrada, el Salto Ángel donde ha ido tantas veces que ya perdió la cuenta, sin embargo no olvida su primera vez: “Recuerdo que llegué como a las cinco de la tarde un día lluvioso después de cinco días de halar el canalete y remolcar el faltboot por muchos raudales que hay que pasar en el trayecto. Fue poco lo que pude apreciar porque una neblina ocultaba su majestad, sin embargo monté mi campamento y recuerdo que a la mañana siguiente un ejército de bachacos cargaba con mi arroz y maíz. Para colmo me atacaron las termitas arruinaron mi mosquitero y un pantalón. Fue en esa oportunidad cuando por primera vez me picó una hormiga llamada “veinticuatro”, el dolor fue inolvidable, se me inflamó el pie hasta la rodilla y tuve un dolor tan agudo que me duró 48 horas”. Explicó el aventurero que esta hormiga afortunadamente es pacífica y de acuerdo a su experiencia pica sólo si es molestada y eso fue lo que él hizo cuando sin querer le puso la mano encima y en una segunda oportunidad intentó quitarla de su pantalón, así que dos experiencias de este tipo son suficientemente ilustrativas para evitarlas. Gracias a los documentales pudo conocer a su esposa Gisela, joven alemana que visitaba unos familiares en Caracas y fue invitada a ver unos interesantes documentales sobre la naturaleza venezolana. El primer contactó entre esta pareja de aventureros no fue muy fructífero pero sí alentador pues la dama manifestó su deseo de ir a la Gran Sabana y quedó un quizás de respuesta, que finalmente se concreta en un primer viaje a los llanos venezolanos y que aún en el día de hoy no finaliza. Viajes y más viajes Guayana, el Río Arauca, la Laguna de Tacarigua, Los Andes, El Pico Bolívar, El Caroní, Cañaílla, los tepúes, y pare contar, son algunos de los lugares visitados por Weidmann y Gisela, quienes a partir de entonces hicieron suyo el sueño de aventurarse a conocer cuanta selva, río y animales se encontraran en su camino, sin mayores inversiones que las ganas, alimento y la garantía del trato cordial y ameno del venezolano. “Lo más hermoso es el venezolano, tu no encuentras esa amabilidad en Europa. Ese trato, esa disposición a compartir contigo su última gallina sin conocerte siquiera. A donde iba siempre salían a conocer a ese musiú que llegó en una canoa, me invitaban la cena, el almuerzo y eso me permitió disfrutar de manjares que nadie se imagina. Aunque no puedo negar que en ocasiones el hambre era muy aterradora porque los tiempos no siempre se controlan, las provisiones de 7 días se acaban en un viaje que puede llegar hasta 22 días y no siempre los alimentos los conseguías fácil”. Una de las más hermosas experiencias que recuerda haber vivido Weidmann junto a Gisela fue su estadía de 8 meses con los Yanomami, en la oportunidad de hacer un documental para el Ministerio de Educación Alemán, en el año 1961. Años más tarde fue para él una grata satisfacción volver a esas tierras y ser recibido en un primer momento con agresividad por parte de un joven Yanomami que luego desaparecería a la llegada del Jefe quien de inmediato reconoció a Weidmann. La fotografía como pasión Los documentales dejaron de ser un modo de subsistencia y la fotografía se convierte en el nuevo placer de nuestro trotaselvas, quien se formó de manera autodidacta y realizó las fotografías para los ambientes más extremos: “Recuerdo que no había flash y las exposiciones eran realmente complicadas, me ayudaba mucho con espejos para la luz y creo que el resultado está a la vista.” como él mismo lo afirma, cada foto es un esfuerzo único y de allí su colección de más de 30 mil registros que no contabilizan las reales, pues cientos de ellas fueron desechadas por no reunir los requisitos de su autor. El tigre y el miedo Una de las experiencias más inolvidables de Weidmann fue cuando por primera vez vio un tigre, recién iniciando sus aventuras en la selva venezolana. No imaginaba que pasarían diez años para volver a repetir esa experiencia con la posibilidad de inmortalizar en una imagen ese momento. “Recuerdo que fue remontando los ríos Sopapo y Guayabo y durante toda la noche cayó un aguacero que mojó todo. Rayos y truenos estuvieron toda la noche acompañados de ventarrones que tumbaban los árboles, porque realmente lo que da miedo en la selva es que caiga una rama justo en tu chinchorro. En la mañana había una neblina sobre el río y al doblar en un codo vi a un tigre posado en un tronco sobre el río, a unos cincuenta metros. Tanto él como yo temblábamos de frío, pero sólo a él le caía el primer rayo de sol. Tomé mi cámara y mientras la corriente me llevaba hacia él pensé en que mi machete aseguraría que yo no tuviera miedo, tomé la foto a seis metros apenas e inmediatamente empecé a remar hacia atrás porque sabía que si llegábamos a pelear yo iba a terminar como subcampeón, título que no me gustaba. No sé quién se asustó más porque ambos retrocedimos al mismo instante”. Un mínimo equipo para los aventureros Los sueños de este joven agricultor alemán de conocer la selva tropical se cumplieron gracias a su ímpetu. No hubo barreras por el idioma, por la distancia, ni por la ausencia de la familia o por el desconocimiento de las zonas, en fin sólo agallas y ganas. Weidmann lo logró y lo mejor es que ha brindado a ciento de miles de quienes no han podido llegar más allá de su ciudad, la oportunidad de regocijarse con las imágenes que te trasladan a lo desconocido y añorado por sus bellezas en colores, variedades y aromas que somos capaces de percibir sólo con sus imágenes. He aquí la indumentaria mínima de quien durante más de 50 años ha estado recorriendo nuestro país: Un tendido de nylon, totalmente impermeable que sirve de techo, un mosquitero de 80 cm. de ancho y dos metros y medio de largo, que debe ser colocado siempre a 1,60 mts de alto, linternas, medicinas y alimentos enlatados. “Si el techo tiene un mínimo de tres metros de largo y dos de ancho, todo el piso sobre el chinchorro se conservará seco” explicó. Para el viaje el recomienda es un faltboot. Su segunda preferencia como medio de transporte ha sido su wagoneer, que con su fuerte motor y resistente carrocería le ha permitido con comodidad llegar a los lugares más remotos. El peligro está en la ciudad Animales salvajes, ponzoñosos, venenosos, así como corrientes fuertes no son motivo de estupor para Weidmann quien con su calmado y disfrutado hablar comenta que nunca dejó de tener una noche de buen sueño. “Siempre dormí como bebé, sin sobresaltos ni temores, con la certeza de que nada malo me va a pasar y además de la brújula hay que tener sentido de orientación, pues los ríos eran mis grandes mapas. Nunca me perdí a pesar de no conocer las tierras que pisaba, y sabía regresar al lugar de origen sin dejar marcas o lastimar la naturaleza.”. El miedo para Weidmann está en la ciudad. “Las posibilidades de morir son muy remotas en la selva. Aquí en la ciudad sí tienes por qué preocuparte. El tránsito, los robos, los asaltos, en fin aquí si esta el miedo, en la selva realmente no.” Nuestro trotaselvas se prepara ahora para realizar otro gran libro en el que espera compilar imágenes de las diversas latitudes de Venezuela, que le permitan a cualquier ser humano disfrutar en un único ejemplar de las maravillas naturales de nuestro país. Por Yasmin Devesa M. |

La
gran inversión de este trotaselvas fue un año de duro
trabajo en la carpintería y adiós a la ciudad. Compró un
Faltboot, que consistía en una pequeña embarcación de
lona encauchada, de cuatro metros de largo y 80
centímetros de ancho, con una pequeña armazón de madera
en su interior. Este particular transporte de navegación
se parecía a un kayak plegable y con un peso de apenas
30 kilos permitía ser transportado en dos sacos.